Rojo tabú, de Silvia Espinosa

    UNA COLABORACIÓN de Silvia Espinosa López, secretaria de Mujeres y Políticas LGTBIQ de la Federación Estatal de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de Comisiones Obreras, para la sección 30 días, 30 opiniones, de la revista digital Contrainformación.

    26/07/2019.
    Silvia Espinosa López.

    Silvia Espinosa López.

    YO TUVE la primera regla con 13 años. Recuerdo a mi abuela diciéndome que no tocara las flores del patio, que se “chuchurrían”, o a mi madre diciendo que se le había cortado la mayonesa porque estaba «mala»(no la mayonesa, ella). La regla tenía muchos nombres absurdos, para no tener que nombrar la palabra vergonzosa. A parte de eso no recuerdo que se me informara de mucho más, que ya eras «mujer», la logística de las compresas, ah! y que la regla me iba a doler (eso no me cayó de sorpresa, tengo hermanas mayores). Durante los primeros años tuve reglas acompañadas de un intenso dolor que me incapacitaba para ir al instituto o a trabajar, pero nunca se me ocurrió ir al médico, tomaba analgésicos o antiinflamatorios para aguantar en silencio lo que era «normal». Parir a mi hija y poco después a mi hijo solucionó en gran medida lo doloroso de mis reglas. Pero el dolor no desapareció del todo hasta que comencé a tomar la píldora anticonceptiva. Con el dolor también desaparecieron mis ovulaciones y una parte importante de mi lívido, además aparecieron migrañas premenstruales, a veces tan intensas que me hacían vomitar.

    En muchísimas culturas, la menstruación ha sido considerada como algo impuro, motivo de ocultación, casi una maldición. Históricamente ha sido un tabú que ha servido para culpabilizar a las mujeres de cosas absurdas, como de contaminar los campos, la comida o el ganado; también ha sido excusa para imponernos prohibiciones.

    Dentro del movimiento feminista, nace hace unos años el llamado activismo menstrual, centrado en reivindicar nuestra menstruación como algo natural de lo que para nada hay que avergonzarse. Porque es un orgullo tener un cuerpo sano que menstrúa, un cuerpo en el que todos los órganos y sistemas se mecen al compás de la regularidad del ciclo menstrual. Es nuestra naturaleza. Desde esta perspectiva, y pensando también en que históricamente la medicina y la investigación han estudiado al hombre como ser humano representativo, reflexiono sobre lo poco que la ciencia y la investigación han estudiado este tema que afecta a la mitad de la población de manera tan importante. Y ya estoy a vueltas otra vez con la falta de ciencia de la diferencia (concepto que he aprendido de la Doctora Carme Valls), o la falta de perspectiva de género en la práctica médica y la investigación de enfermedades y fármacos.

    La menstruación no comienza a estudiarse hasta mediados del siglo pasado, y no fue para establecer un estado de salud menstrual, o buscar sanación a los sangrados excesivos, la endometriosis u otras patologías y dolores, sino para conseguir anticonceptivos. La píldora anticonceptiva revolucionó el mundo de las mujeres, porque consiguió separar la sexualidad de la procreación, pero no sin efectos secundarios adversos para nuestra salud. ¿Por qué no se ha investigado mucho más en métodos anticonceptivos sin costes para la salud de las mujeres? ¿Por qué la ciencia se ha centrado en investigar la abolición del ciclo menstrual y la ovulación dejando de lado su estudio fisiopatológico?

    Hasta hace poco nunca me había preguntado por qué la sangre menstrual no es nunca objeto de análisis clínico. La orina, heces, sangre, líquido peritoneal, esputos…cualquier fluido corporal se contempla como analizable en un laboratorio menos la sangre menstrual.

    El primer estudio epidemiológico en España sobre el sangrado menstrual abundante y cómo tratarlo lo dirigió la Doctora Enriqueta Barranco, investigadora de la Universidad de Granada, hace solo un par de años. Por cierto, está admitido pero aún no publicado en la revista Progresos en Obstetricia y Ginecología (SEGO). En este estudio se analizó la sangre menstrual de 500 mujeres sanas. En las primeras conclusiones del estudio hemos podido leer que se han encontrado xenoestrógenos (substancias artificiales que funcionan en nuestros cuerpos como falsas hormonas e interrumpen su equilibrio, las cuales se encuentran en productos de belleza, limpieza, plásticos…etc) en el 100% de las muestras, y que el 70% de las participantes presentaban indicios de padecer sangrado menstrual abundante (SMA), dolencia que se trata (como tantos problemas menstruales) con hormonas. Sin duda este estudio abre una vía de investigación importante para comenzar a conocer con más profundidad la afectación de muchos productos tóxicos para el equilibrio menstrual de las mujeres.

    Una herramienta para este estudio ha sido la copa menstrual, toda una revolución. Las primeras se vendían en herbolarios , en círculos de mujeres y ecologistas, pero después de 10 años y de las dificultades que han puesto ciertos sectores interesados, las usuarias se han disparado. Será porque ya no da tanto asco meterse los dedos y mancharse. Será porque hay mucho más autoconocimiento de las mujeres sobre su propio cuerpo. En todo caso, la copa cuenta cada día con más adeptas, y no sólo por lo práctica, barata e higiénica que resulta, también por sus evidentes bondades para el medio ambiente.

    Hoy, mientras escribo todas estas reflexiones, en otras latitudes de este complicado mundo todavía hay niñas que dejan de ir al colegio cuando comienzan a menstruar.

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