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Entrevista/ Pamela Palenciano: "Palabras que duelen igual que los golpes", de Carmen Briz Hernández

    Pamela Palenciano, 38 años, andujareña de nacimiento y vallecana/salvadoreña de adopción, es la autora del monólogo No solo duelen los golpes y lleva años trabajando en prevención de violencias machistas dirigiéndose a un público adolescente y joven.

    03/12/2020.
    Pamela Palenciano, actriz, comunicadora, monologista y activista feminista.

    Pamela Palenciano, actriz, comunicadora, monologista y activista feminista.

    PAMELA Palenciano nació en Andújar (Jaén) en 1982. Con 12 años se enamoró de un chico que bailaba break dance en la plaza de su pueblo. Con Antonio vivió una tortuosa relación marcada por el maltrato, aunque entonces ni pudo verlo ni tuvo referentes que se lo hicieran ver. Le salvó cortar con él e irse a estudiar Comunicación Audiovisual a la Universidad de Málaga. Y también le salvó un shock postraumático, tres años después, que la llevó directamente a terapia y más tarde al feminismo.

    No solo duelen los golpes, una exposición fotográfica donde relataba lo sucedido a través de imágenes, fue su manera de “sanarse”. La exposición creció y se convirtió en un taller dirigido a jóvenes y adolescentes. Durante 8 años vivió en San Salvador (El Salvador) donde siguió aprendiendo de feminismo y donde decidió teatralizar el taller. De regreso a Madrid, puso en marcha un monólogo teatral que actualmente puede verse en el Teatro del Barrio. Además imparte cursos online, tiene un canal en YouTube y un perfil en Instagram. Por su trabajo ha recibido, entre otros, el Premio 8 de Marzo del Ayuntamiento de Getafe (2017) y el Premio Godoff del Público por No solo duelen los golpes, de Ticketea (2017).

    Esta entrevista puede leerse con una canción de fondo: Ni una menos, de la guatemalteca Rebeca Lane, donde la rabia es la protagonista. Pamela Palenciano además nos recomienda una película: “Me gustó mucho Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín por lo sutil que es. Se ve lo que siente él también”. Seleccionar un solo libro le resulta más complejo, pero se decide finalmente por la pensadora feminista estadounidense bell hooks (sí, ella se reivindica con el nombre de su bisabuela materna, en minúsculas, su verdadero nombre es Gloria Jean Watkins), quien marcada por la pobreza y su negritud escribió el ensayo El feminismo es para todo el mundo, que editó Traficantes de Sueños en 2017: “Te cambia la mirada al mundo”.

    Desde los 12 a los 18 años mantuvo una relación sentimental con un chico, si alguien le hubiese dicho en ese momento que esa relación estaba marcada por el maltrato, ¿qué habría pensado?

    En ese momento, como no había tanta información como la que hay ahora, ni el feminismo estaba llegando tan expansivamente como en los últimos diez años, me hubiera rebelado, desde la adolescente “choni” que era, habría pensado: "A mí tú, qué me vas a decir lo que me pasa". Pero si alguien me hubiera hablado de “desnormalizar” lo que yo estaba normalizando, quizás en vez de seis años de relación, hubiera cortado antes. Muchas jóvenes me escriben diciéndome: "Yo vi tu monólogo y dejé a mi maltratador cuando pude".

    Terapia y feminismo fueron sus tablas de salvación, ¿cuándo tomó la decisión de ir a terapia y cuál fue su primer contacto con los feminismos?

    Voy a terapia no de forma voluntaria sino obligada por un shock de estrés postraumático, tres años después de sufrir maltrato. Una amiga contactó con el 016 para explicar la crisis de ansiedad que viví y en donde verbalicé lo que había vivido. Me topé con una terapeuta que fue la maravillosa autora de la frase "No solo duelen los golpes". Cuando dijo en terapia: "Estáis aquí porque somos mujeres", me faltó el aire, tenía necesidad de gritar. Y pensé: “Si aquí somos 16 mujeres, ahí fuera hay más en nuestra misma situación”. Soy andaluza, muy de pueblo, y cargaba con el estigma “cazurro” y hasta pensaba que quizás me pasó porque empecé a tener novio muy joven.

    Cuando me acerco a los feminismos es cuando empiezo a ponerle nombre a lo que me sucedía. Y me salva la vida. Todas las corrientes feministas me han ayudado a entenderme y a formarme. El feminismo institucional me dio un lugar también, que me victimizaba, pero que me vino bien entender. Descubrí el feminismo interseccional en El Salvador y es con el que más me identifico en la actualidad. Me interesa la teoría pero sobre todo la práctica feminista. He trabajado mucho con grupos de mujeres que ponen el cuerpo, en asambleas, estrategias, escraches, campañas. Y mi trabajo con la gente joven en las aulas me ha llevado a barrios, pueblos… en ocasiones me dicen: “El feminismo es una mierda”, pero aplauden cuando termino el monólogo No solo duelen los golpes y les interpelo: "Pues lo que acabáis de ver es feminista. Tan mierda no será si os ha gustado".

    Necesitamos más terapeutas feministas, no terapeutas que te culpabilicen por buscar “supuestamente” patrones de hombres violentos o que perciban tu caso como un hecho aislado e individual. Necesitamos terapeutas feministas que te infundan fortaleza.

    ¿Se puede influir desde la cultura, desde el “artivismo feminista”, contra la violencia machista?

    Creo que las activistas que hacemos arte feminista tenemos capacidad de influencia en el sentido de que apelamos mucho a la emoción, a los sentimientos y a los cuerpos de quienes nos ven o disfrutan con nuestras obras (ya sea teatro, música, pintura, vídeos, libros…). Hay gente que no se quiere acercar al feminismo desde la teoría porque les tira para atrás. Sin embargo, sí puedes hacerles llegar hasta el feminismo a través de una expresión artística.

    Junto a otras “artivistas” feministas he trabajado en poner en marcha el Coñumor, primer festival de humor feminista de España. O lo hacemos nosotras o nadie lo hará. Ahora mismo actúo en el Teatro del Barrio en Madrid, que tiene una programación más “política”, de otro modo no sé si estaría ahí. Nos cuesta llegar aunque llenemos teatros.

    A veces, cuando se montan jornadas teóricas feministas desde la academia nos llaman, pero con todos mis respetos, siempre para “cerrar”, porque se supone que lo nuestro no es “científico” sino un entretenimiento. Falta reconocimiento para el trabajo de actrices, monologuistas, humoristas, etc…, nos lo debemos y se lo debemos a quienes vengan detrás. Muchas jóvenes están descubriendo lo que pueden hacer con su cuerpo y con su arte: sanarse, denunciar, crear discurso a través del arte, y creo que eso es superbonito.

    No solo duelen los golpes nace de su experiencia personal, primero fue exposición de fotos, después taller y ahora monólogo teatral, ¿cómo ha sido esa evolución con el paso del tiempo?

    Las fotos fueron una excusa de terapia, suponía verbalizar el maltrato a través de la vía artística. A partir de las fotos empecé a contar mi historia. Lo hice en mi clase de comunicación audiovisual y una profesora de un instituto de Torrox (Málaga), que me escuchó, entendió que podría tener utilidad para su alumnado, a pesar de que rompí a llorar en plena exposición. Me decidí a ir porque retumbaba una frase en mi cabeza: "Si me hubieran contado esto antes a mí, antes habría salido de la violencia". Los doce minutos, se convirtieron en media hora y empezaron a invitarme a otros lugares, ni tenía página web ni nada por el estilo, pero funcionó el “boca a boca”.

    Fue más tarde, en El Salvador, cuando descubro la maravilla del teatro. En este país también cambió por completo mi discurso sobre la violencia machista. Allí era yo la blanca, ya adulta, que tenía que revisar sus propios privilegios. El teatro me permitió alejarme de mí misma y teatralizar mi experiencia desde la distancia. También evitaba ser cuestionada a nivel personal, que es algo que sufrí en alguna ocasión. Y descubrí que me venía bien contarlo siempre y cuando el discurso surtiera efecto en mujeres y en algunos hombres para que cambien el paradigma de esta historia. Y en ese distanciamiento cobra protagonismo la figura de mi ex novio maltratador, me coloco la capucha y juego con algo de vestuario y el taller se transforma en monólogo.

    El año pasado en Madrid conocí a Dario Valtancoli, director y profesor de interpretación, que trabaja el método de acciones físicas de Grottowski, y le pedí asesoramiento. Le gustó la propuesta escénica. El monólogo incorporaba ya el discurso del feminismo interseccional. En el Teatro del Barrio hay cambios a nivel dramatúrgico y estético, aunque la escenografía siempre es un banco de un parque y uso una chaqueta con la que me transformo en varios personajes.

    Hablar de la violencia machista desde mi experiencia es la excusa para cuestionar todo el sistema, que perpetúa y permite la violencia machista. Ahora continúo con el monólogo y tengo proyectos online, aunque mi sueño es crear un espacio para trabajar con adolescentes y denunciar todo tipo de violencias, no solo las machistas: el bulling, el racismo, la lgtbifobia y que puedan contar su experiencia a través del teatro.

    Cuénteme alguna de las mejores o más gratificantes representaciones que haya tenido hasta la fecha.

    Tengo muchas historias preciosas, historias de situaciones que me hacen seguir, que me han dado tanta fuerza... Pero la última que me pasó fue brutal. Recorrí nueve cárceles de Cataluña y trabajé con hombres condenados a altas penas por maltrato y agresiones sexuales. Un chico latinoamericano se me acercó tras el monólogo, venía llorando. Me pidió un abrazo y me dijo que el monólogo le había tocado muy duro. No podía articular palabra. Y me dijo al oído: "Es que ahora entiendo por qué la maté. No porque estaba borracho sino porque soy un machista de mierda".

    Hay que trabajar con los hombres ya. Urge. No solo prevenir con ellos, sino ir también a las cárceles. Reconozco que he esperado durante años a que los grupos de hombres protagonizaran el hablar entre ellos. Pero descubrí que puedo cuestionar la masculinidad hegemónica desde el monólogo y que los hombres, si se lo muestras, pueden cambiar. El sistema está acostumbrado a los parches y lo que hace es sacarles tarjeta roja a los maltratadores una vez cada diez años. Hacen la campaña de la tarjeta roja y ya hemos terminado.

    ¿Qué ideas perniciosas sigue encontrando en torno al amor en la gente joven? ¿Cómo son educados y educadas en el amor?

    Creo que ha cambiado, ha habido una época de mejora y de cambio maravillosa dentro de las aulas, a pesar de que en los dos últimos años se está produciendo un retroceso brutal, y sí tiene que ver con una historia política a nivel mundial de auge de la ultraderecha.

    Las chicas se han empoderado muchísimo hacia afuera (en su ropa, en su forma de hablar, en tener diferentes parejas o experiencias sexuales) pero es un espejismo de la igualdad. No se trata de ser iguales a los hombres, más bien debería ser al contrario. Las chicas se mueven entre la esquizofrenia de que pueden “follar” con quien quieran, pero con cuidado porque también las pueden violar.

    El amor romántico se ha modernizado, pero sigue siendo lo mismo. Del príncipe hemos pasado al vampiro. La “romantización” de la violencia sigue ahí como las ideas sobre la fusión de dos personas, lo heteronormativo, la monogamia…

    ¿Cuáles son, bajo su punto de vista, los principales déficits en la educación?

    El adulcentrismo (o adultocentrismo) es el primero. Hay profes que se lo están currando mucho, con proyectos educativos maravillosos. Pero, en general, el adulcentrismo pone mucha distancia, no logra empatizar con chicos y chicas. En mi caso, trato de conectar desde la rabia: “¿No veis la rabia que os da la gente adulta?, pues eso es lo que sentimos las mujeres cuando enfrentamos violencia, que alguien está por encima de nosotras y nos jode la vida”.

    Sobra competitividad en las aulas y falta formación en el profesorado, a pesar de todos los esfuerzos del feminismo. Hemos entrado durante un tiempo con libertad en las aulas, ahora la ultraderecha está marcando sus vetos. E incluso profes progres explican que tienen miedo de posibles denuncias de padres o madres. Es como si se buscara acabar con la crítica. Y se estigmatiza mucho a la juventud. Todo el día oímos cosas en torno al “mal de los móviles”, cuando ha sido la gente adulta quien se los ha dado.

    La parte positiva es que me encuentro asambleas feministas y discursos transfeministas en muchas aulas y una mentalidad muy abierta en la gente joven, aunque me da miedo el “feminismo pop”, que no cuestiona el amor romántico, por ejemplo. Lo que necesitan las y los adolescentes es más libertad para poder cuestionar, inclusive al profesorado, no necesitan ni punitivismo ni castigo.

    No tuvo referentes o materiales o alguien que le pudiera hablar de lo que le estaba sucediendo, ¿qué otros proyectos conoce que estén trabajando bien en prevención de violencia con adolescentes y jóvenes en la actualidad?

    Me gusta mucho la Psico Woman, hace un trabajo con adolescentes muy bonito. Tiene un estilo muy diferente al mío, pero sabe llegar muy bien a la gente adolescente.

    Pitu Aparicio también está haciendo cosas muy bonitas con el tema de la sexualidad y la libertad. La Furia, a través de su rap, mueve conciencias y construye discursos que llegan muy bien.

    En Centroamérica, en El Salvador, me sedujo el trabajo del Teatro del Azoro y de La Cachada Teatro.

    Publicó, junto con Iván Lareynaga el ensayo Si es amor, no duele (Penguin Random House, 2017). “Incomodar” y “cuestionar” es el objetivo de ese ensayo dice en su prólogo.

    Si no nos incomodamos esto no cambia. Tiene que haber un movimiento que te interpele. El discurso de “víctima” es cómodo, pero cuando le añades la raza, la clase, la edad… salen también los privilegios y ya no es tan cómodo. Hay que cuestionar la idea de que el feminismo es solo violencia de género, y no, hay que hablar de interseccionalidad. Las mujeres que sufrieron violencia han de reclamarse no solo como víctimas sino como sujetas para cambiar las situaciones.

    Mirando a las instituciones, al Estado ¿qué reclamaría?

    Falta un 016 para los hombres. Esto no significa que quiera quitar ese servicio a las mujeres, pero le bajaría el volumen. Las mujeres no pueden convertirse tampoco en número y dejar de ser cuerpos e historias. Me refiero a un teléfono donde un chico, un hombre, pueda llamar, tras detectar su ira y su “violencia”, y comunicarse con personas expertas que puedan ayudarle a cambiar.

    Falta una mayor protección hacia niñas y niños criados en hogares donde ha existido maltrato y donde se les ha usado para hacer daño a la madre. No son casos aislados. Están asesinando a menores.

    Falta acabar con el abuso sexual a menores.

    El feminismo tiene que abrir puertas e implicarse en muchos temas que están demasiado silenciados e invisibilizados. Me encantaría que no siguieran tan solo las presiones de la agenda política. Tal vez haya que romper las agendas.

    ¿Volvió a saber algo de Antonio?

    Pues hace poco lo vi, lamentablemente. Ya no es un niño, es un hombre que nunca se cuestionó por lo que hizo. El año pasado Vox impidió que asistiera a la Asamblea de Madrid con el monólogo y su familia empezó a sacarme por sus redes y a llamarme mentirosa. Me da mucha pereza. Tampoco le tengo odio. Él ni siquiera es el protagonista del monólogo, tan solo es una excusa.

    Carmen Briz (@MamenBriz) es periodista y forma parte del equipo de la Secretaría Confederal de Mujeres e Igualdad de Comisiones Obreras.

    Revista Trabajadora, n. 71 (noviembre de 2020).